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Apuntes sobre la democracia de nuestros días

Si nos hacemos preguntas elementales como “¿en qué tipo de sociedades vivimos?” o “¿cuál es nuestra forma de gobierno?”, deberíamos en lo inmediato plantearnos un interrogante inquietante: ¿por qué seguimos llamando democracias a este peculiar entramado de relaciones sociales? ¿No significa la palabra democracia “gobierno del pueblo”? Se nos dirá que esta etimología necesita una doble vuelta de interpretación, ya que no hay un criterio único para definir quién es el pueblo y qué implica que el pueblo gobierne. Algunos recordarán la distinción que Constant hizo entre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos, e insistirán con que en nuestra época actual el pueblo no puede deliberar ni gobernar sino a través de sus representantes (los motivos serán varios: las grandes distancias y la superpoblación, la falta de tiempo libre y de educación, las dificultades de la masa para controlar sus pasiones y recurrir al buen juicio, etc). Tal premisa tiene un solo corolario: la democracia es democracia liberal. Pero esta conclusión no es segura. Basta señalar cómo las élites que redactaron las principales cartas constitucionales de nuestra era no creían en la democracia, desconfiaban de ella, la veían como algo peligroso, para entender que todos los derechos y garantías que asociamos con una democracia liberal tipo no han sido cortesía de los orígenes sino conquista de las luchas populares, cuyos avances representaron pasos importantísimos en los niveles de democratización vigentes. Hay que decirlo sin eufemismos: a los ricos no les gusta la democracia.


Ahora bien, en el último tiempo ha habido un poderoso intento teórico de reducir la democracia a un mero procedimiento, de tal modo que podríamos medir y comparar las democracias en función de una serie de requisitos básicos con las que estas deberían contar indefectiblemente (elecciones libres y transparentes, periodicidad de los mandatos, libertad de prensa, igualdad ante la ley, etc.). No casualmente dicho esfuerzo coincidió con la derrota de lo que Badiou denomina la hipótesis comunista, una vez caído el Muro de Berlín y disuelta la Unión Soviética. Sabemos que por entonces Francis Fukuyama proclamó “el fin de la historia y de las ideologías”, arguyendo que la democracia liberal (ergo la economía de mercado) era el único principio universalizable que a la vez podía ser deseado por todos. Si bien su triunfo en los hechos estaba por verse, se había quedado sin contendientes en el plano de las ideas y eso le garantizaba hegemonizar de ahora en más el futuro de la humanidad. En esa clave leyó Occidente movimientos como los que condujeron a la caída de los socialismos realmente existentes o la tan mentada Primavera Árabe. Lo cierto, sin embargo, es que el Occidente que supuestamente occidentaliza se está desoccidentalizando cada vez más y eso no se debe a lo que Huntington llamó el “choque de civilizaciones”. Es la lógica intrínseca del capitalismo en tanto sistema global la que ha determinado que su corto matrimonio con la democracia liberal ha de llegar a su fin.


Los partidarios de la democracia liberal sostienen que el pueblo, si bien no gobierna directamente, influye en las decisiones al elegir a los gobernantes, ya que estos deben someterse a su voluntad y, en caso de haber hecho mal las cosas, serán castigados con el voto. ¿Pero funciona realmente esto así? El gran problema de las democracias modernas es que el pueblo se encuentra atomizado: siguiendo el modelo francés, es el ciudadano abstracto la célula del orden político. A priori esto significaría que en democracia los asuntos se deciden de acuerdo a un principio numérico y, más precisamente, según la regla de la mayoría. Lo que tendría sentido solamente si la soberanía residiera en esa entidad que llamamos pueblo. Pero el pueblo no existe como sujeto unitario. En las democracias liberales la soberanía se ejerce el día de los comicios, pero ese ejercicio sólo se realiza en un marco que lo precede y que, por ende, lo configura. Nuestra teología política lo que nos indica es que el pueblo ocupa el lugar de Dios, mientras que, por ejemplo, el Presidente (en los países en que esta institución existe) es el heredero del antiguo padre monárquico. Dios es una figura que se invoca, a la que se apela, pero no actúa ni interviene en la realidad política. Del mismo modo, el carácter mítico del pueblo es lo que permite soldar y dar un cierre a esa ficción que es la democracia liberal, y sin dudas produce efectos en los comportamientos sociales, pero es también lo que legitima la autonomización del verdadero soberano que, como intuyó genialmente Hobbes, no le rinde cuentas a nadie. Porque lo central del pacto social en Hobbes (como pacto de sujeción) es que alguien, el soberano, permanece en estado de naturaleza. En jerga schmittiana: es quien decide sobre el estado de excepción.  


Agamben identifica en la gestión de las crisis económicas un eventual pasaje de las democracias parlamentarias a las democracias gubernamentales, pues los Parlamentos dejan de ser operativos a la hora de hacer frente a los problemas: los debates democráticos entre los representantes del pueblo, diría Lenin, son pura charlatanería. La cocina de la política está en el Ejecutivo: allí es donde el auge del decisionismo se manifiesta y el soberano, al modo schmittiano, utiliza su autoridad para restituir la “situación normal”, aun cuando eso implique suspender el derecho en pos de su propia salvaguarda. Todo es crisis en el capitalismo maduro, con lo cual, el matrimonio con la democracia liberal-parlamentaria acaba en divorcio y es la administración tecnocrática de los expertos la que impone su visión de mundo.


Sobre este asunto, Zizek viene haciendo desde hace años aportes interesantes. En primer lugar, explica que la supuesta comunión entre capitalismo y democracia no es natural ni espontánea, sino un resultado de la lucha de clases: desde las libertades civiles más elementales hasta los derechos sociales, todas estas son conquistas que los sectores populares fueron arrancándole a las élites y al Estado. Basta estudiar cómo se estabilizaron las condiciones que hicieron posible la normalización del capitalismo para darnos cuenta que todo el proceso, al decir de Marx, tuvo a la violencia como partera y no existía ningún Estado de Derecho, ninguna garantía constitucional, ningún principio democrático que protegiera a los subalternos expropiados de la avaricia de los expropiadores (las leyes de pobres fueron el primer gesto del Estado como Capitalista Colectivo Ideal, según lo define Engels, pues en su accionar este racionaliza lo que en el capitalista individual es un puro frenesí religioso). Sobre esa base, Zizek puede afirmar que lo que hoy sucede en Oriente, la consolidación de un capitalismo autoritario (con “valores asiáticos”), no es una transición hacia la democracia, hacia un nuevo Tiananmen, sino que representa un modelo que vino para quedarse y es, parafraseando a Weber, nuestro destino (Zizek habla de la “asociación victoriosa del látigo asiático y el mercado bursátil occidental”). Lo que ahí queda en evidencia es que el capitalismo no necesita a la democracia para ser productivo, dinámico, innovador: puede convivir tranquilamente con un gobierno centralizador que prohíbe los sindicatos, la libertad de prensa, las elecciones transparentes y la cultura independiente (el sistema de partido único heredado del socialismo real terminó siendo el motor de una acumulación capitalista desenfrenada). ¿Hay en Occidente algo parecido o estamos hablando solamente de una “desviación asiática”? Zizek encuentra un paradigma que explica muy bien los derroteros tomados por el neoliberalismo (aquí Trump, Rajoy, Temer, Macri, Peña Nieto, entran todos en la misma bolsa de capitalismo autoritario): el paradigma Berlusconi. ¿Alguien recuerda que Berlusconi llegó al poder luego de que todos los grandes partidos de la Primera República (la Democracia Cristiana, el Partido Comunista y el Partido Socialista) se desplomaran como un castillo de naipes, tras el huracán que sacudió Italia entre la caída del Muro de Berlín y el estremecedor proceso judicial conocido como “manos limpias” (del cual el Lava Jato es sólo una variante más), que se llevó puestos a las cabecillas de la mafia y a los principales dirigentes políticos del país? Fue justamente esa fenomenal crisis de representación, en la que los jueces se convirtieron en héroes de la República y los periodistas manifestaban indignación por la gente (Agamben alude a un “secuestro del lenguaje”: ni siquiera la irritación y el enfado son ya experiencias auténticas), la que le habilitó a Berlusconi un atajo para conquistar Italia. A casi 30 años de esos sucesos, la política italiana, en palabras de Mario Tronti, todavía sigue girando alrededor de esa figura: o se está a favor o se está en contra, pero nadie impugna el funcionamiento del sistema.


¿Qué implica el berlusconismo (o el capitalismo italiano como laboratorio) en tanto paradigma de los nuevos tiempos? En primer lugar que, como profetizó Walter Benjamin hace ya muchas décadas, “el estado de excepción es la regla”. Pueden estar en vigencia una infinidad de leyes y normativas progresistas, que apuntan a la protección de una amplia gama de derechos, pero vigencia no quiere decir aplicación. En la medida en que el neoliberalismo normaliza las crisis nos arroja a una situación en la cual somos reducidos a una impotencia paradójica: formalmente vivimos en democracias pero cada vez se cierra más el camino para promover cambios por medios democráticos (la socialdemocracia europea se ha rendido a los pies del coloso neoliberal y ha pasado a militar en sus filas). Lo trágico de vivir en la crisis es que las crisis requieren siempre de medidas drásticas, sin tapujos, de implementación veloz, es decir, desligadas de los debates, los procedimientos y los controles democráticos. Es el reino de la decisión soberana. Eso significa que la emergencia económica, así como el combate al terrorismo, el narcotráfico o la corrupción, son asimilados a un estado de guerra que presupone la suspensión del derecho hasta nuevo aviso y la aniquilación del enemigo que impide el retorno a la normalidad. La consecuencia necesaria es la asunción de poderes plenipotenciarios por parte del Poder Ejecutivo, es decir, la victoria de la decretocracia por sobre el parlamentarismo, de lo que tiene fuerza de ley por sobre la ley, de las técnicas gubernamentales de seguridad por sobre los espacios de libertad y las garantías constitucionales. Pero al ser privados la gente común y sus representantes de la capacidad de resolver la crisis, esta tarea es asignada a la pericia quirúrgica de los expertos, sean los tecnócratas del Fondo Monetario Internacional que arman paquetes universales para reducir el déficit fiscal y fomentar las inversiones y el endeudamiento, practicando dogmáticamente el credo neoliberal, o los CEOs encargados de gerenciar ministerios y áreas concretas de gobierno: la peculiaridad es que los que realmente deciden no son votados democráticamente. Una modalidad del mismo fenómeno se expresa a través de la denominada judicialización de la política, de procedencia italiana y con reciente instalación en América Latina (Moro, Bonadío, etc.). Los jueces se convierten aquí en otro agente de decisión: pueden prohibir candidaturas, dirigir la política económica, declarar inconstitucionales toda clase de leyes, definir prisiones preventivas así porque sí, condenar sin pruebas, etc. Pero nada de esto sería posible si nuestras sociedades no fueran sociedades del espectáculo, donde las altas esferas del Estado se transforman en un reality show en el que están permitidas las más vulgares obscenidades y exclamaciones frívolas e irresponsables. Asistimos a la muerte del debate público racional prologado por la Ilustración y cuyo epílogo escribió, pensando que se trataría de un capítulo más, Jurgen Habermas con su teoría de la acción comunicativa: la última fantasía de una sociedad libre de relaciones de poder, de pulsiones, de violencia simbólica, es decir, de una sociedad posideológica en la que los intercambios de argumentos entre dos sujetos pueden producir síntesis comunes. Sabemos muy bien, sin embargo, que no hay tal muerte de la Ideología, que somos animales ideológicos y que con bastante frecuencia el tan mentado diálogo entre concepciones de mundo opuestas no es más que un diálogo de sordos.


¿Qué es Donald Trump sino el ángel caído que ha dado muerte a la corrección política, es decir, un nuevo Berlusconi? La hipocresía moral de los liberales ante estos casos evidencia el fracaso de sus políticas: que haya cosas que antes eran tabúes pero que hoy se pueden decir en el espacio público sin culpa ni fuertes represalias ni caída en picada en las encuestas, más allá de algunas reacciones escandalizadas de los sectores progresistas, es debido a que las grandes masas hablan ese idioma, producto de sus frustraciones, sus traumas y sus miedos. Mérito de Zizek haber demostrado cómo la guerra cultural es la guerra de clases desplazada (o cómo ésta última se sublima en la primera). Esto es importante por dos motivos. Primero, porque la crítica del capitalismo neoliberal se desvanece frente a la ira identitaria de los pobres que atacan otros pobres que incomodan la tranquilidad de sus vidas. Si el voto a Trump fue un voto anti-establishment (a pesar de que este prometió una rebaja generalizada de impuestos que favorece claramente a los ricos y que desde que gobierna impulsó un populismo financiero que pone de fiesta a Wall Street), tuvo también una pulsión de muerte dirigida a destruir lo que es ajeno al “modo de vida americano”: el derecho al aborto seguro, legal y gratuito, las reivindicaciones de la comunidad LGBT, la lucha emancipatoria de las mujeres y los negros, las migraciones de latinos y musulmanes, etc. Es decir, la rebelión contra la clase política no se debió tanto a la identificación de los problemas reales (aumento de la desigualdad, concentración de la riqueza, privatizaciones, etc.) como a la criminalización de otros grupos sociales subalternos. Pero la respuesta de las élites liberales y las clases medias no ha ido más allá que machacar a los obreros blancos, machistas, racistas y profundamente religiosos, en lugar de redirigir la disputa al terreno de la lucha de clases y de enfocarla contra los ganadores del capitalismo salvaje. Así, de Netanyahu a Erdogan, de Putin a Xi Jinping, de Trump a Rajoy, de Macri a Temer, lo que tenemos es una culpabilización de un Otro para poder explicar la crisis y prometer soluciones, mientras los métodos de gobierno se tornan cada vez más autoritarios.


Todo este diagnóstico torna imprescindible volver a Lenin y su concepción de la dictadura. Porque la cuestión aquí no es iniciar debates académicos para ver qué país es más democrático, sino descubrir la dictadura detrás de la democracia. Dictadura quiere decir aquí muchas cosas: dictadura de clase (Lenin), “están los que dan las órdenes y los que las obedecen” (Chomsky), “exceso de representación” (lo que para Badiou significa la realidad potencialmente totalitaria del poder estatal), captura del poder constituyente por el poder constituido (Negri), etc. El razonamiento del Soberano, como lúcidamente señala Zizek, es: “está bien, estoy legitimado por las elecciones, pero puedo hacer con ustedes lo que quiero porque YO SOY EL PODER”. Disponemos de una infinidad de ejemplos dramáticos para explicar esta paradoja. Los rescates a los bancos (que no son consultados al pueblo, que es quien verdaderamente paga el rescate), la resoluciones tomadas alrededor de la cuestión de los refugiados en la Unión Europea, Macri amenazando con sacar la reforma previsional por decreto si el Congreso no la convertía en ley, etc. Pero el caso más ilustrativo es el de Grecia, cuando el gobierno llamó a un referéndum para poner en discusión si había que ceder a las pretensiones de la Troika o no e inmediatamente después de conocidos los sorprendentes resultados capituló frente a ella, a pesar de contrariar la voluntad popular y la sacrosanta regla de la mayoría. Si en democracia el pueblo no decide es porque la democracia enmascara una realidad más fundamental, que es la de la dictadura. Entonces, podemos hablar como Balibar de lógicas de democratización y desdemocratización, de procesos de ampliación de derechos y otros de retroceso (lo que en definitiva depende de relaciones de fuerza), pero en última instancia lo que está por verse es la cuestión del poder estatal, que es un poder de dictadura (como explica el mismo Balibar en su famoso texto sobre la dictadura del proletariado). De ahí que Zizek interpretara a la Venezuela de Hugo Chávez y a la Bolivia de Evo Morales como formas contemporáneas de la dictadura del proletariado, y denunciara como hipocresía las prédicas de algunos liberales que planteaban que estaban de acuerdo con el contenido social de las reformas pero se espantaban por los modos autoritarios con los que estas eran llevadas adelante. Con la misma vara fue tratado el peronismo entre 1946 y 1955, pero cuando fue derrocado no vino la “democracia liberal”, sino varias dictaduras sangrientas. Para Lenin el problema no era democracia o dictadura, sino democracia y dictadura: de ahí que dijera que la dictadura del proletariado era infinitamente más democrática que la mejor de las repúblicas democráticas burguesas. No se trata de un simple juego de palabras, sino de una cuestión capital de la lucha de clases: los ricos no piden permiso, no respetan las formas, no se preocupan por los que menos tienen.

Llamar democracia a un mundo en el que unas pocas cientas de personas tienen lo mismo que tres mil millones es un contrasentido profundamente ideológico. El trauma de los intelectuales que fueron revolucionarios en los 70 y se volvieron liberales durante la transición democrática en América Latina puede ser comprensible pero como argumento es pésimo: decir “la democracia liberal no es tan mala, peor es un gobierno autoritario” es políticamente tan débil como sostener que “peores que Macron y Clinton son Le Pen y Trump”. Esa apología del “mal menor” es la forma de funcionamiento que adopta actualmente la Ideología: todos sabemos que la democracia es una farsa, que nadie que no sea financiado y que por ende tenga que devolver favores puede llegar al gobierno, que la libertad de prensa no es real, que las decisiones se toman en otras latitudes, etc., pero también sabemos que puede haber algo peor y que no es tan malo ser conformistas y dóciles (“pues podemos disfrutar y gozar de los pequeños placeres de la vida”)... ¿Quiere esto decir que debemos entregarnos al “son todos lo mismo”? Pues claro que no: lo que hay que entender es que ninguna excepción podrá sobrevivir si no se atacan los puntos neurálgicos de la norma. Durante el New Deal, Roosevelt les dijo a los sindicatos que él estaba completamente condicionado para promover reformas progresivas en la legislación laboral y social, y que si las ansiaban de verdad debían obligarlo a hacerlo (por extensión, a toda la dirigencia política y a la clase capitalista). Los derechos se conquistan con lucha y organización, las concesiones se le arrancan de las manos a los poderosos, pero sólo es posible defender los avances desaprendiendo las verdades enunciadas por los amos de la humanidad, para parafrasear a Adam Smith. Su ideología democrática es un culto a la resignación y la indiferencia, eso que Nietzsche llamaba la “moral del rebaño”. Si no nos desprendemos de ella, seremos tan proclives a condenar al “régimen” de Maduro como un banquero de Wall Street y a defender a ciegas la democracia de hoy (con sus valores de libre competencia que la hacen parecerse tanto al mercado…) tal como lo hacían los grandes empresarios que lucraban con ella antes de darse cuenta que es mucho más productivo un capitalismo autoritario. Hay que proteger los aspectos formales que a priori garantiza la democracia, pero siempre mirando nuevos horizontes. Porque podremos gobernar durante un tiempo con las verdades del enemigo, pero más temprano que tarde el enemigo jugará con nuestras ilusiones y nos mostrará que, en lo que respecta a la organización del poder, detrás de la democracia yace sedienta una feroz dictadura plutocrática, para la que no existe ningún “pero”. Decía el General Perón que “las revoluciones se hacen con tiempo o con sangre”. La historia demuestra a cada paso que se hacen con las dos. Tal vez todos los desafíos del presente se reduzcan por empezar a llamar las cosas por su nombre y sin eufemismos.  


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