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¿Acaso el peronismo no puede morir?

Nos proponemos en estas breves líneas polemizar con un artículo publicado recientemente y que sostiene como hipótesis fundamental que el kirchnerismo ha muerto. No se trata de una sentencia realizada desde una óptica gorila, sino que el autor busca establecer una diferenciación entre kirchnerismo y peronismo a partir del empleo metafórico de la teoría de los dos cuerpos del rey. El kirchnerismo es colocado en el lugar del cuerpo físico que murió, mientras que el peronismo ocupa la posición simbólica de la inmortalidad, como si fuera algo eterno siempre igual a sí mismo. En esa lectura, no desprovista de un desarrollo interesante y con algunas críticas por demás acertadas, se presentan dos errores colosales. El primero, y hay que hacerse cargo de esto, es creer que el peronismo no puede morir, cuando hoy se encuentra realmente bajo amenaza y en peligro de extinción (si cayeron el Imperio Romano y la Unión Soviética, cómo no va a poder morir el peronismo…). El segundo problema es que al tratar de conservar una esencia del peronismo, algo inmutable, por ejemplo la tradición sindicalista, el autor parece dar la espalda a los hechos: las enormes mutaciones que sufrió el capitalismo. Digámoslo claro: la clase obrera del 45 o del 73 ya no existe, las condiciones materiales son otras, aparecieron nuevos clivajes que hacen bastante más compleja la lucha de clases, la sociedad argentina es mucho más heterogénea (y está mucho más fracturada) que unas décadas atrás, etc. Son muchos los que caen en la confusión de convertir al kirchnerismo en una especie de fuerza pequeñoburguesa de orientación jacobina al mismo tiempo que se identifica, de forma completamente nostálgica, al peronismo con un obrerismo católico y conservador. Analogía con el Partido Demócrata de los Estados Unidos, que al preocuparse tanto por las minorías se olvidó de representar a los trabajadores. Comparación equivocada, por cierto.

El riesgo de predicar una religión panperonista, donde las distinciones de izquierda y derecha se tornan obsoletas y apátridas por ser eurocéntricas, donde el peronismo es siempre ortodoxo, es que se transforma al peronismo en reliquia de museo, en letra muerta, pero no ya en un movimiento por la justicia social, la independencia económica y la soberanía política (¿quieren todos dentro del panperonismo realizar las tres banderas?). No se sostiene la fórmula “el peronismo será kirchnerista o no será nada”, al contrario, se argumenta que en este país son todos peronistas, solo que no lo saben (¿qué es lo hegemónico en el peronismo?). El peronismo sería algo así como el Espíritu en Hegel, que en su autodespliegue, en su devenir autoconciente, va adoptando diferentes formas, manifestaciones, figuras, cada una de ellas transitoria, perecedera, siempre superada por otra que la contiene pero le agrega algo más, en esa constante dinámica impulsada por la negatividad y la contradicción. Sólo que en este caso la dialéctica no sería progresiva sino de marcha atrás: el camino dramático que ha de atravesarse tiene como fin recuperar un paraíso perdido, un pasado idílico, el Edén de Juan y Eva. Sin embargo, si todos somos peronistas nadie lo es en concreto. Cuando Odiseo regresa a Ítaca ya es otro.

Otra de las cosas que afirma el autor es que existe un déficit de doctrina, y no podemos estar más de acuerdo. La pregunta, en todo caso, es si sirve la vieja doctrina (tomada casi como un cuerpo canónico de verdades eternas) en un mundo radicalmente distinto o si hay que inventar nuevos proverbios, lo que supone no ya que las distintas manifestaciones epocales del peronismo acepten su carácter finito, de instrumento utilizado por la Astucia de la Razón (parafraseando nuevamente a Hegel) para cumplir con objetivos más elevados, sino que el mismo peronismo se repiense en su integralidad y decida qué consecuencias y posibilidades sacar de ello. La tradición no va a hacer las tareas por nosotros. Podemos recoger de ella un legado y una herencia, hablar en su nombre, extraer del peronismo histórico todo lo que creamos que tiene de universal y traducirlo a nuestra propia experiencia y praxis política, pero en definitiva, si no se libera a esto que llaman el panperonismo de todos sus resabios dogmáticos, no dejará de ser un conjunto de partidos provinciales coaligados. ¿Puede salir desde un punto de vista provinciano (o corporativo si nos paramos en un plano estrictamente sindical) un proyecto nacional y popular y, más aun, el intento de una Internacional Justicialista? El enemigo avanza y no hay guarida a la que le tema.


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